Entre piedras y pétalos: Aprendiendo a crear el ramo de mamá en Santiago

Entre piedras y pétalos: Aprendiendo a crear el ramo de mamá en Santiago

Cada año, a finales de abril, me enfrentaba al mismo dilema. Caminaba por la Rúa do Vilar o por el Ensanche de Santiago buscando el regalo perfecto para el Día de la Madre. Un perfume, un pañuelo, un libro… Todo me parecía repetitivo, impersonal. Quería algo que gritara «te quiero» y «gracias», pero que no tuviera un código de barras pegado.

La inspiración me llegó un sábado por la mañana, paseando por la Plaza de Abastos. Vi a las «pimenteiras» y a las vendedoras de flores con sus manojos de grelos mezclados con calas y tulipanes. Allí, entre el bullicio y el olor a fresco, vi un cartel de un pequeño taller floral en la zona vieja: «Taller de arte floral: Crea tu propio centro para mamá». No lo dudé.

El taller: Un refugio contra la lluvia

El día del curso, Santiago nos regaló su clima típico: una lluvia fina que oscurecía la piedra de la catedral. Pero entrar en aquel taller fue como cruzar un portal a la primavera eterna. Olía a eucalipto, a tierra mojada y a rosas inglesas.

La florista, una mujer con manos curtidas y paciencia infinita, nos enseñó que hacer un arreglo floral es muy parecido a cocinar un buen plato gallego: la clave está en la materia prima y en el cariño, no en la complicación.

Aprendí que en Galicia somos afortunados. No necesitamos importar flores exóticas cuando tenemos el mejor «verde» del mundo. Nos enseñó a usar helechos y ramas de camelio (tan nuestros) para crear una base sólida y verde sobre la que las flores pudieran brillar.

La técnica y la paciencia

Confieso que al principio me sentí torpe. Intentar hacer la famosa «técnica de espiral» para que el ramo quedara redondo y los tallos no se estrangularan entre sí fue un reto. Mis manos, acostumbradas al teclado del ordenador, no encontraban la delicadeza necesaria. Rompí dos tallos de ranúnculos por apretar demasiado.

Pero entonces, la profesora me dijo algo que me cambió el chip: «No busques la simetría perfecta. La naturaleza es imperfecta, y el amor de una madre también está lleno de curvas y matices».

Me relajé. Dejé de intentar copiar la foto de Pinterest y empecé a elegir con el corazón. Escogí peonías rosas porque son las favoritas de mi madre, y añadí unas ramas de olivo y eucalipto para darle ese toque silvestre y aromático que tanto le gusta de los montes de aquí.

El resultado final

Cuando terminé y até el lazo de terciopelo, no podía creer que eso lo hubieran hecho mis manos. No era el ramo más técnico del mundo, pero tenía alma.

El domingo, cuando se lo entregué a mi madre, su reacción fue diferente a la de otros años. No dijo el típico «qué bonito, gracias». Se quedó mirándolo, olió el eucalipto y me preguntó dónde lo había comprado. Cuando le dije: «No lo compré, lo hice yo pensando en ti», se le humedecieron los ojos.

Aprender a hacer arreglos flores Día de la Madre Santiago de Compostela me enseñó que el mejor regalo no es el objeto en sí, sino el tiempo que dedicas a crearlo. Este año, mi madre no solo recibió flores; recibió mi tiempo, mi paciencia y un trocito de la primavera gallega hecho a su medida.

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