El mapa de un latido incierto

El mapa de un latido incierto

Hay búsquedas que uno hace por placer: el mejor restaurante para un domingo, una casa rural para desconectar. Y luego hay búsquedas que se hacen con el aliento contenido y un nudo en el estómago. La mía empezó hace unas semanas, tecleando en Google: «mejores cardiólogos Pontevedra«.

Nunca piensas que te va a tocar. El corazón es algo que, simplemente, está ahí. Funciona, bombea, te acompaña en las cuestas de la ciudad y se acelera cuando te emocionas. Hasta que un día, deja de ser un compañero silencioso y se convierte en un recordatorio ruidoso y alarmante. Unas palpitaciones extrañas, una opresión que no se va con el descanso, o la sentencia tranquila de tu médico de cabecera: «Vamos a pedir una revisión con el cardiólogo».

Y ahí empieza. Pontevedra no es una metrópoli inabarcable, pero cuando se trata de salud, el abanico de opciones te golpea de repente. Lo primero que aprendes es la bifurcación: el camino del Sergas o el camino privado.

El primero, el de la sanidad pública, es una garantía de profesionalidad. Piensas en Montecelo, en los especialistas. Pero también te enfrentas a la palabra que nadie con prisa quiere oír: «lista de espera». Y cuando es tu corazón el que protesta, cualquier espera parece una eternidad.

Así que exploras el segundo camino. Empiezas a preguntar. A amigos, a familiares. «¿Conoces a alguien de confianza?». Esa es la frase clave: «de confianza». No buscas al más famoso, buscas al que te va a escuchar, al que no te despachará en cinco minutos.

Miras las clínicas privadas. Ves nombres que suenan, como Quirón salud, el antiguo Domínguez, un referente en la ciudad. Ves consultas más pequeñas en calles céntricas. Lees reseñas online, aunque sabes que leer opiniones de un restaurante no es lo mismo que de un médico que tiene tu motor vital en sus manos.

La búsqueda es angustiosa. Cada nombre es una posibilidad, pero también una apuesta. ¿Será este? ¿Me tomará en serio? ¿Sabrá ver lo que otros no ven?

Al final, después de mucho comparar y de esa llamada clave a un amigo que te dice «ve a ver a este, a mi padre le fue de maravilla», tomas una decisión. Marcas el número. Pides la cita. Cuelgas. La búsqueda ha terminado, pero la verdadera espera, la del diagnóstico, no ha hecho más que empezar.

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